Los desastres cada vez menos “naturales” vienen
pegando con fuerza en distintas zonas de las américas.
Desde mediados de noviembre de 2006, Centro y Sudamérica
fueron afectadas por el fenómeno climatológico
cíclico, conocido con el nombre de “El Niño”.
En territorio boliviano, 8 de los 9 departamentos que conforman ese país
recibieron durante 2007 el impacto directo del evento, con fuertes lluvias y
las grandes inundaciones, movimientos de tierras, desplazamientos y deslaves
de laderas de montañas. El departamento de Beni fue declarado “zona
catastrófica”, con una estimación oficial de 350.000 damnificados
directos o indirectos.
Ríos desbordados, tierras anegadas, movimientos de tierras fueron causa
y escenario del desastre con, al menos, 40 víctimas fatales, además
de viviendas destruidas, infraestructura de servicios y vial dañadas y
buena parte del área productiva agrícola de la localidad con serios
destrozos, lo que dejó a muchas familias sin sus fuentes de sustentabilidad.
El escenario crítico presenta un horizonte que abarca hasta fines de 2007. La
decisión del Programa Mundial de Alimentos (PMA), de las Naciones Unidas
y de la Iniciativa Cascos Blancos de buscar herramientas de trabajo compartido
en América Latina y el Caribe, permitió definir con rapidez líneas
concretas de acción que se concretaron con el envío de expertos
argentinos a la zona de desastre. Además de colaborar con el monitoreo
de la distribución de ayuda alimenticia dispuesta el PMA, trabajaron en
el diseño de un sistema de distribución, control y monitoreo locales,
tendiente al mejoramiento del proceso de asistencia y de su soporte logístico,
a través de la organización y movilización de la comunidad
destinataria final de la ayuda.
El equipo Cascos Blancos se instaló en la localidad de Trinidad, centro
operacional de las principales agencias de cooperación internacional y
emplazamiento del almacén central del PMA. Desde allí se promovieron
las acciones de planificación de la entrega de ayuda a las familias en
situación de emergencia alimentaria en la región del Beni.
El desastre, así como dejó un saldo medible en perdidas de vidas
y bienes materiales, también impactó de modo significativo en el
futuro de la zona y su población, en la manera que las familias viven
una cotidianeidad ligada íntimamente a la producción de la tierra.
Por ese motivo, el equipo de nuestra Iniciativa enfatizó en la máxima
eficiencia que debe alcanzarse en la entrega de alimentos a los beneficiarios
directos de la acción. Esas familias, en tales circunstancias, no tienen
otra manera de garantizar la seguridad alimentaria de su núcleo familiar,
ya que se encuentran en zonas inundadas y por ende improductivas, aisladas por
el agua, en algunos casos sólo con acceso aéreo. La asistencia
humanitaria, entonces, se convierte en el único medio de garantizar su
supervivencia.
Este es el marco que rodea al proceso de entrega de alimentos a las distintas
comunidades y se convierte en fundamental que los propios grupos locales tengan
un especial protagonismo a la hora de monitorear los circuitos de distribución,
desde las organizaciones de los beneficiarios. Siguiendo en la línea de
trabajo de Cascos Blancos, se impulsa que esas organizaciones de la comunidad
sean proveedoras de los insumos para pensar, programar y delinear acciones a
mediano plazo y ejecutar las que correspondan, una vez que la emergencia sea
superada. |