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Durante la noche del 15
de agosto de 2007 tembló la tierra en Perú,
se partió el suelo y la vida en Pisco, Chincha, Ica,
Cañete y Paracas, 300 kilómetros al sur de
Lima. Los sacudones parecían no terminar nunca. Un
terremoto de aproximadamente 8 grados, sobre los 10 que mide
la escala de Richter, dejó un saldo de centenares
de muertos, más de 10.000 heridos y muchísimas
familias sin techo, sin agua, sin sistema sanitario.
Unas 400 réplicas luego del temblor principal, 17 de las cuales superaron
los 4,5 de magnitud, completaron el escenario de desesperación, desolación,
muerte, confusión, heridos, hambre…
Como pasa siempre, la comunidad internacional reaccionó con rapidez y
solidaridad. En el caso argentino, el presidente Néstor Kirchner puso
a disposición del gobierno y el pueblo peruanos los recursos de asistencia
humanitaria disponibles en el país. La Cancillería se encargó de
coordinar al grupo de crisis, con Cascos Blancos y los ministerios de Desarrollo
Social, Salud, Defensa e Interior trabajando para dar la respuesta más
rápida y eficaz.
Pocas horas después, el viernes 17, partió hacia la zona terremoteada
un Hércules de la Fuerza Aérea Argentina, con un equipo encabezado
por el titular de Cascos Blancos, embajador Gabriel Fuks, e integrado por expertos
en desastres, manejo de suministros, organización de campamentos y emergentólogos.
Junto a los especialistas viajaron 10 toneladas de insumos destinados a contribuir
a paliar la situación de los miles de afectados por el terremoto: carpas,
frazadas, pastillas potabilizadoras, suero y alimentos. Fue el comienzo de un
puente aéreo con el que la Argentina intentó abrazar solidariamente
a sus hermanos afectados por la tragedia.
El sábado 18 de agosto, técnicos de Cascos Blancos y del Ministerio
de Desarrollo Social, junto a médicos del Ministerio de Salud de la Argentina
hicieron un relevamiento de la ciudad de Pisco, donde se registraban más
de 330 – casi la mitad bajo los escombros de la Iglesia- y un 80% de las
viviendas destruidas, con corte total de electricidad, servicios telefónicos
interrumpidos y ausencia absoluta de agua potable.
La recorrida de evaluación de daños y necesidades abarco los albergues
con damnificados. El Club Atlético Pisqueño, que constituía
uno de los albergues más organizados, con 1500 alojados que, rápidamente
superaron las 2000 personas, afectadas por las pérdidas de sus viviendas.
Alojados en carpas y agrupados por familias, se constató la ausencia de
alimentos suficientes para todos, la falta de combustibles y útiles para
cocinar, casi sin disponibilidad de agua potable (2 tanques de 500 litros dejados
en la mañana pero ya prácticamente consumidos), letrinas saturadas
e inutilizables y sin áreas para desecho de basuras. Ese fue uno de los
lugares en los que se focalizó la ayuda argentina. Las frazadas legadas
en el primer avión, ayudaban a soportar la situación a centenares
de albergados.
A unos 2 km de Pisco, en el paraje El Molino, Cascos Blancos se reunión
con un grupo de autoevacuados, ubicados en un terreno sin construcciones, en
el medio del campo, legados desde la zona costera donde los barrios fueron afectados
por la marejada, que destruyó viviendas y barcazas, utilizadas como
medio herramientas para la subsistencia, en base a la pesca.
En el aeropuerto de la ciudad, epicentro de la recepción de asistencia
humanitaria internacional, que comenzó a llegar masivamente, se instaló el
equipo Cascos Blancos especializado en manejo de suministros. Junto a los especialistas
de la OPS y colaborando con la organización nacional, se logró organizar
la recepción, determinar necesidades y prioridades y lograr que el proceso
de distribución fuese de utilidad para los damnificados. |